Por Hernán Carbonel
PARA LA GACETA - SALTO
El otro
Tal vez quien más haya explotado esta figura es –otra vez, omnipresente, referencia ineludible- Borges. Huelgan los ejemplos a lo largo de su obra y es probable que “El otro” se yerga como su ápice:
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges.
Hay más: en ese final arrebatador, iluminado que es el de “Hombre de la esquina rosada” se lee: “Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre”.
Nada como esa revelación.
La historia continuaría treinta años después, en “Historia de Rosendo Juárez”: “Usted, señor, ha puesto el sucedido en una novela, que yo no estoy capacitado para apreciar, pero quiero que sepa la verdad sobre esos infundios”. ¿Borges, novela? Pura pátina de ironía.
Borges, testigo de los relatos orales, ya que no de los hechos, se convierte entonces, como en tantos de sus cuentos, en depositario último de la información que motoriza la acción, y a partir de allí construye el suyo propio por escrito. Él mismo como personaje, limítrofe pero necesario, para que esa maquinaria funcione.
La llamada
¿Existe una Agencia Detectives Auster? No. Bueno, sí, al menos en la construcción del autor neoyorquino.
“Todo empezó por un numero equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él”. Así comienza Ciudad de cristal, la primera de las tres novelas que componen La trilogía de Nueva York.
El mismo Auster cuenta el origen en El cuaderno rojo: “Un número equivocado inspiro mi primera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando trabajar en mi escritorio, cuando sonó el teléfono (...) Descolgué, y al otro lado de la línea un hombre me preguntó si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton (...) Cuando me senté a escribir La ciudad de cristal un año después, el número equivocado se había transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia (...) Cuando el teléfono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investigación”.
En la página 13 de Trilogía de Nueva York (Anagrama, Barcelona, 1996) se lee:
-¿Es usted Paul Auster? –preguntó la voz-. Quisiera hablar con el señor Pauls Auster.
-Aquí no hay nadie que se llame así
Paul Auster, de la Agencia de Detectives Auster.
-Lo siento –dijo Quinn-. Debe haberse equivocado de número.
-Es un asunto de máxima urgencia –dijo la voz.
Yo no puedo hacer nada por usted –contestó Quinn-. Aquí no hay ningún Paul Auster.
Aquí Auster ya no es personaje de su propia obra, sino una referencia necesaria pero pasajera; vuelca un suceso empírico a su narrativa y lo vuelve causa y efecto; su nombre se convierte, a través de un artilugio de la ficción –la sola inclusión de su nombre- en detonador del argumento.
Papeles perdidos
No muy distante de la de Auster es la figura de sí mismo que construye Ricardo Piglia en Nombre Falso, la historia de un hombre que busca un manuscrito inédito de Roberto Arlt. El protagonista se mueve detrás de la sombra de Kostia, quien, se presume, tiene en poder ese cuento. En un pasaje, se da este diálogo:
En el primer teléfono que encontré, sin salir del andén, llamé a Kostia. En medio del sonido confuso de los trenes y de la gente que cruzaba frente a mí, hablé a los gritos con un hombre de voz aflautada. El tipo parecía no entender y al fin, después de un silencio interminable, escuché una voz de mujer.
-Kostia no está -dijo.
-Dígale que llamó Ricardo Piglia.
Y ya no oiremos su nombre durante el resto del relato, aunque ya lo tengamos aprehendido. Piglia y sus intertextualidades estarán ahí, latiendo entre papeles recuperados.
Dos pliegues
De las múltiples variables -de las que aquí se omiten, obviedad mediante, muchas- que puedan citarse, quizás la más rica sea la de Osvaldo Soriano con Triste, solitario y final. Sabemos que el título fue extraído de una de las escenas finales de El largo adiós, de Raymond Chandler: “Hasta la vista amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final”. Sabemos que se trata de un homenaje al policial negro. Sutil y enfática al mismo tiempo, evocativa, violenta, grotesca, bello canto al fracaso, mezcla de épica y humor rioplatense ambientado en Los Ángeles, la novela, publicada en 1973, es puro intertexto: la protagonizan un Philip Marlowe venido a menos y un periodista argentino que viaja a los EEUU con el fin de recolectar material para escribir sobre Stan Laurel y Oliver Hardy. Ese periodista se llama, justamente, Osvaldo Soriano. En fin: un personaje de la ficción traído a otra ficción y un nombre “real” –el del autor- convertido en personaje:
-Dígame, Soriano, ¿por qué se le dio por meterse con el gordo y el flaco?
-Los quiero mucho.
-¿No tenía otra cosa que hacer? Durante los días que estuvimos juntos me pregunté quién es usted, qué busca aquí.
-¿Lo averiguó?
-No.
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Hernán Carbonel – Periodista, escritor y bibliotecario.